martes, 8 de septiembre de 2015

¡Qué felicidad la mía!





  –En contestación a su nueva aunque previsible demanda le dije: "Quizá el amor lo pueda todo, pero la enfermedad mental es una férrea contrincante. Y terminé con un: "Miedo me das...".
  
  Mi pequeña traviesa, ese gusto que tienes de andarte tanto por la ramas, de anudar nudos que sufren de ansiedad, de enredarte en amoríos con un profiláctico matacorazones...; de jugártela después a una carta porque, claro, tanto mareo te lleva más tarde o más temprano a caer en el impulso de algo que afirmas repudiar. 
  
  –¿Que las impulsivas no dudan? Yo diría que lo hacen más, fíjese. Y así se lo hice saber.
  
  Ese vicio, traviesa mía, te pertenece enteramente a ti, nada tiene que ver conmigo. Así que tus ataques póstumos de nervios no me apetecen, no ya, menos ese adagio último: "perdóname, por favor, todavía te quiero". Aun estando seguro de cuanto te digo, y juzgándome preparado para rechazarte, creo no merecer más confusiones por tu parte. ¡Ay mi eterna y dulce, y pequeña y traviesa mía! Yo sí que te quiero y te amo todavía, de eso estoy perdidamente seguro; y no es que esté perdidamente seguro de que te amo y te quiero todavía, simplemente te quiero y te amo, sin el todavía; no puede ser de otro modo, puesto que nunca he dejado de hacerlo. Pero vives tan confundida... que con quererte no basta. 

  Tú bien sabes que si por mí fuera te pondría un monumento al delirio consumado y otro a la pasión, el problema aquí es que no durarían mucho, pues los derribas en un santiamén; y, cómo entenderás, no voy a pegarme semejante paliza de trabajo para que luego me vengas llorando, histérica, y más e indudablemente confundida si cabe, y me mandes, junto con el monumento, a freír espárragos trigueros, como has hecho otras tantas veces, esos que tanto te gustan, aliñados con salsa de almendras. Te quiero casi tanto como me quiero a mí, pequeña y traviesa mía, pero estás muy mal de la cabeza, mucho, punto importante a tener en cuenta, primordial, diría yo, pese a hallarse dentro del primor que me pierde; y mientras antes lo aceptemos mejor. 

  
  –Hasta aquí, no dudé. Piense que si seguíamos así, habríamos pasado de ser una loca a dos locos, y entonces ya no hubiera habido sensatez que nos frenara. "¿Acaso es ése tu cometido?", me dijo. "Miedo me das...", dije yo. Y miedo me dio.

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