domingo, 6 de octubre de 2013

Cuentos

El caballero y la princesa

Cuenta la leyenda que un joven caballero tuvo que partir con el fin de servir al rey del condado. Eran tiempos de guerra, motivo por el cual se conocía la fecha de partida mas no de regreso. La princesa del reino, única hija del monarca, se hallaba secretamente enamorada del joven caballero, pues su padre atesoraba el firme propósito de desposarla con un apuesto príncipe de un condado cercano.
   La noche antes de la partida, caballero y princesa viéronse a escondidas para despedirse.
   -Si no regreso, amada mía, si esas inhóspitas tierras a las que me dirijo me separan de vos para siempre, júreme que será usted dueña y señora del condado, felizmente desposada con un hombre de  bien que se preocupe en hacerla dichosa.
   -Pero, amado mío, cómo sabré yo, fiel servidora de su amor, si usted va a regresar por tarde que sea. Sepa que es mi intención esperarlo hasta la última de las puestas de sol. Y si esas tierras de las que usted me habla le pierden durante la noche, y no es su alma la que arrebatan, sino el camino hacia ésta, su morada, dígame, cómo sabré entonces si mi amado sigue vivo y si he de continuar aguardando, pues eterno es mi amor por vos.
   -Mi amada, dulce mía… Por más que alguno de mis hombres regrese y me crea perecido en batalla, por más que tan indeseada noticia alcance sus oídos, eternos para mí, si así no fuera y yo, por el contrario, caballero entregado a mi reino, sólo ando perdido campo a través, en esas inhóspitas tierras que nos separan, tenga usted por seguro que lo sabrá. Así como sabrá que tarde o temprano regresaré a fin de buscarla.
    -Y cómo es eso, amado mío, cómo podré yo saberlo.
   -Por más trágica noticia que pudieran confiarle, si usted, amada mía, escucha el eco de mi voz caída la noche, si la luna reverbera mi nombre y en un susurro le confiesa que su amado sigue esperándola; si al acostarse en su lecho siente que un nudo afloja en su estómago y una sonrisa cincela su rostro...; si por más lejos que yo me encuentre puede sentirme a su lado, entregado eternamente a su alma, ésas, dulce mía, serán señales de que yo, su fiel caballero, continúo con vida y, por ende, regresaré sin demora a buscarla.
   Ambos sellaron la noche encontrando sus cuerpos en la cabaña con tal pacto de amor eterno.

  Transcurridos varios meses, un caballero del ejército dejose ver junto a la puerta del reino. Habían ganado la guerra, mas informaba que decenas de soldados perdían la vida con honor en tanto servían a la corona. Entrase uno, luego, otro, y otro. Quince caballeros, de la cincuentena que se enfilara a campo traviesa, hacían su entrada triunfal, atravesando las robustas puertas del condado. La princesa, hallándose expectante, encogiósele el pecho al tiempo que estallaba el último crujido de los goznes. ¿Dónde se hallaba su eterno caballero? Preguntole a un soldado por su capitán, a lo que el afligido hombre comunicósele que había perecido en el campo de batalla, en tanto luchaba heroicamente contra los enemigos.
   La princesa marchose a tosa prisa a su alcoba, a fin de ocultar sus lágrimas frente a los presentes, y encerrose llorando desconsolada hasta la mañana siguiente.
   Cuando el sol la despertase al Alba, una sonrisa dibujose en su rostro. Su amado seguía vivo; así como éste le explicara, pudo percibirlo en el pecho, en tanto la luminaria confiósele valiosos secretos, y la voz de su amado reverberara cual graznido en sus oídos.

  Varias lunaciones después, tuviese el rey preparado el festín en que su primogénita y única heredera sería desposada. Faltando escasas horas para la ceremonia, ella escapose del reino, anegando sus ojos en un océano de lágrimas, y resguardose rauda en la cabaña que compartía en secreto con su amado. Sería con la salida del sol que diose el milagro. Caballero, honorable capitán en la batalla, amaneciose a su lado. Un beso selló sus almas para siempre.

  Cuenta la leyenda que, dos lunaciones después, princesa y caballero convirtiéronse en reyes del condado, por todos conocidos como el más respetable y dichoso reino jamás existido.

Mamá y los sueños

Había una vez una niña a la que cierta noche su madre dijo: "Pase lo que pase, cariño mío, te digan lo que te digan, veas lo que veas, sea tarde o sea temprano: nunca dejes de creer en tus sueños". 
  Y llegó un día en que, tras haber amado y deseado de corazón, logró hacer realidad no todos pero sí sus más preciados sueños. Siendo su mamá ya muy mayor ésta preguntó a su hija: "Entonces, ¿creíste en tus sueños, vida mía? ¿Eres feliz? A lo que la hija respondió: "Así es, mamá hermosa. Tus palabras las llevé siempre conmigo, atesoradas con recelo, y ha sido gracias a ellas que sé disfrutar tanto de la cima como del camino".

***


El alumno y el maestro

Un distinguido maestro y su alumno conversaban sobre diversas especulaciones que a lo largo de la historia muchos teóricos y estudiosos de diferentes materias habían dado finalmente por ciertas tras años de exhaustivas investigaciones. Entonces, en lo que parecía ya casi el final de la charla, el alumno preguntó al maestro:
  –¿Hay vida en otros planetas?
  –Es muy probable.
 –¿Y es cierto que nuestros pensamientos influyen en nuestra vida del mismo modo que nuestras acciones?
  –Dime, ¿crees que hay vida después de la muerte? –le cuestionó el anciano.
 –Pues la verdad, señor, no lo creo. Muchos dicen que ya existíamos antes de nacer; otros, que cuando morimos vamos al cielo; algunos hablan de reencarnación..., pero, en el fondo, creo que todos piensan que no hay nada, que cuando alguien muere deja de existir.
 –Y tú, ¿en cuál de ellas crees?, ¿en la que más veces te han contado?, ¿en la que defiende la mayoría?
 El muchacho deliberó unos segundos sin dejar de mirarle.
 –
Supongo que la verdad de muchos es más verdad –resolvió finalmente.
 –Interesante. Mira, si te dijera que después de la muerte no hay nada, probablemente esta respuesta no te afectaría durante el transcurso de tu vida, vivirías en paz, sabiendo que un día te quedarás dormido y poco más. Si te dijera que irás al infierno y que tu única salvación es creer en Dios, si dieras por válida ciegamente esa teoría, no dudes que creerías en él, pues el miedo se ocuparía de que así fuera. Si, en cambio, te dijese que el día de tu muerte vendrán a buscarte unas almas oscuras para llevarte a un lugar despoblado, el temor de que tal afirmación fuese cierta te haría enloquecer mucho antes de abandonar tu cuerpo físico. Pero si, por el contrario, te dijese que al morir no sucede nada, tan sólo que sigues existiendo como energía expandida a la espera de reencarnarte en otro cuerpo, vivirías tan libremente que ni siquiera a los problemas tendrías miedo, ni a las enfermedades... a nada, por lo que actuarías como se te antojara en cada momento, ya que, si algo te pasara, sólo perderías una más de tus tantas vidas. ¿Entiendes lo que trato de decirte?
 –Que usted tampoco sabe que hay después de la muerte –espetó el joven no sin cierto tono de respeto hacia su maestro. El maestro sonrió.
 –Puede. Pero más allá de eso piensa que, la verdad de muchos, no es la verdad de todos, ni siquiera tiene por qué ser la verdad; y más importante que eso: en ocasiones, el conocedor de una gran verdad prefiere mantenerla en silencio, ¿sabes por qué?

FIN

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