viernes, 16 de agosto de 2013

Microrrelatos


Tsunami


Me buscan, es la hora. No he abierto la boca, sin embargo, aquí estoy, embriagado hasta las orejas. ¿Me habéis preguntado primero? Negativo, lo creen improbable. Empezamos bien, sujeto a hipótesis que otros postulan. Y esa palabra, cómo es, libertad, descuidáis su significado. La busco en mi memoria genética, aquí, en el genoma. Entonces confirmo mis dudas: no existe; el inicio desmiente la realidad. Resignado, me presto a seguir lo empezado. No tengo otra salida, solo ésta, oscura, pequeña. Es curioso, a la que me decido, parece crecer. Quizá sea todo así, una vez convencido, dispuesto a abrirme camino, el miedo se torne juicio. Bien, ahí voy. Me compelen. Mi casa se desploma, llega el tsunami. De acuerdo, ya me callo; he de olvidar lo aprendido. Por decreto, mis células obedecen, implacables. ¡Qué retroceso! “Borrando información, tres, dos…” Pierdo la voz. Gritos, el túnel…

 Enhorabuena, es un niño precioso.


El tiempo, quizás, vale más que mis dudas

Corría el año 58 cuando me pregunté si podría hacerlo. Como buen filósofo que fui y soy, me quedé pensando, sopesando los pros y los contras. Mientras tanto, las farmacéuticas ponían a disposición del consumidor nuevos brebajes que prometían milagros, al tiempo que otras inventaban vacunas para enfermedades que más tarde afirmarían ser la cura. La tecnología avanzaba a pasos agigantados, lo nunca visto, la revolución. Mi viejo Chevrolet, antes la envidia de tantos, empezó a quedarse anticuado. Mi melena, aquella que decías adorar, iba emblanqueciendo; pero eso no es lo peor, lo peor es que a día de hoy apenas queda el vago recuerdo de lo que fue. Lo que sucede es, y es por eso que te escribo esta carta con mi puño y letra, a la antigua usanza (sí, amada mía, sigo siendo un romántico), que ya sé la repuesta a mi pregunta, y, por avatares de la vida, se responde con otra interrogación: ¿Quieres casarte conmigo?




El sí quiero


El tupido velo cayó sobre su rostro cegándola por completo, como siempre sucede ante una decisión de tal magnitud. Las orquídeas color marfil parecían mirarla de soslayo, cómplices del momento, como apiadándose de su alma. Fue entonces cuando el vestido blanco, sin vida, se ciñó cada vez más en su delicada figura, delatando así sus agitadas respiraciones. El silencio se hizo, la aglomeración de cuerpos allí presentes empezaron a mover sus cabezas de un lado a otro, inquietos, buscando miradas junto con los murmullos que reverberaban en el eco de la sala. Tras el nerviosismo generalizado, se giró, examinó uno a uno a todos los presentes, asió la mano del que tenía al lado, que era, junto con ella, el protagonista de la escena; de la rocambolesca escena. ¡Bendito teatro de títeres emperifollados! Y de nuevo, como antes, inflando sus pulmones con un suspiro todavía mayor que el anterior, por fin pronunció su conformidad: "Sí quiero". ¡Aleluya! Todos suspiraron bendecidos.
A las dos semanas, marido y mujer estaban de regreso a casa, dichosos, unidos... satisfechos por la decisión tomada. La operación había resultado ser un auténtico éxito. 


Tu vida sin saberla tuya

No creas que lo que piensas es un sucedáneo de lo que buscas, mas tu deseo mucho tiene que ver con la realidad, que, aunque ciega a tus ojos todavía, puedes llegar a conseguir, olfatear, saborear… Pues todo lo que uno no hace más que desear posee una finalidad subyacente a cuanto desea saciar. La vida no es sino el mejor regalo de la muerte. Muerte de mi vida.


 Cara mía

Si contaras las verdades que te ofrece, no sumarías más de veinte, pues su significado es inerte, carente de vida, de realidad. Mas no sería la falta de vocablos lo que impediría el recuento, sino la incomprensión a fin de articularlos con sentido aparente. Aparentemente correcto sólo para él, para este vértigo que te envuelve. Un mundo en continua movilización, cambios de parecer, revolución de ideas inconexas; un reinventarse rompiendo lo definido para volver al origen de una creación inacabada.
Ninguna palabra es exacta cuando trato de expresarte lo que siento. Pero qué importa, yo te amo y puedo entenderte. Y mi amor te juro que es perenne, eterno, inamovible. No es tu razón la que me habla, sino tu cuerpo, tus besos, tu alma… Amanecer y sentirte cerca es mi mayor anhelo, mi gran virtud, la respuesta mejor articulada a los propósitos de mi vida. Nuestra vida. Por ello, sed de mi boca, caricias de mi piel, no lo escuches demasiado, él siempre te confunde… Olvídalo, libérate de sus garras despiadadas que sólo logran confundirte. Te aseguro, cara mía, que es el peor de los aliados; él, el miedo, es quién nubla y borra tus sueños, tus verdades, las mías, las… Nuestras verdades.                                      


                                       
 ¿Se puede amar más?

Te escucho a lo lejos. Marzo no ha llegado, pero sigo tumbado, en nuestra cama, desnudo y sin calefacción. Oigo cómo abres la puerta, cuelgas la chaqueta, lanzas las llaves en el mueble de la entrada, ¡zas! Miedo me das… Cada noche igual. Luego el suspiro en respuesta a esa manía tuya: “Odio tener que cambiarme cuando salgo a la calle”. Adoro tus rarezas, todas. Ahora es tu voz la que se acerca, la que franquea todos mis sentidos, y me susurra que vuelves para quedarte. “Ven, túmbate, descansa mi amor”.
Han pasado ocho años –te digo– desde la última vez que cerraste la puerta. Y aún te escucho abrirla, colgar la chaqueta… ¡Zas! Las llaves, luego el suspiro por esa absurda manía tuya. ¿Todavía crees que fue mentira? Ven, túmbate –pienso.


“Cuando mires con el alma, me creerás”, solía decirte.

El último verso

Sin duda era ella, su musa, y la conocía junto con las palabras de Marcos, la mañana previa a que resonaran en su sesera como un eco sin freno: “Te falta inspiración”, sentenciaba su agente. Quizá Marlene conseguía salvarlo, ya no lo pensó más, marcó el número.
Ella rezaba cada noche para que sonase, desde que se toparan en la boda de su mejor amiga. Por fin, Richard al otro lado del teléfono; afinó su mejor voz.
  ¿Sí?
  Mejor en mi apartamento –resolvió él finalmente. No podía arriesgarse, ¿y si llegaba? Sería causar demasiadas molestias.
  La ventana reflejó cada una de las caricias en una noche cómplice a todos sus besos. Y junto con los delirios de grandeza que otorga un amor manifiesto, consumado, apareció… “¡Bendita inspiración!”, se dijo extasiado. Decidido a terminar con la angustia pasada, la presente, la venidera, tomó la pistola. Ella descansaba en la cama cual cuerpo abatido tras un combate; se encerró en el baño, silencioso, y le dedicó su última negativa pincelada en el espejo con carmín. “Gracias por confiarme tus sueños”. El crujido del gatillo impactó contra el silencio, la cobardía hizo el resto. 
  El atestado policial fue contundente: locura transitoria, otro poeta fracasado.


Una carta para Federico


Todos lo tenían como el hombre más listo del pueblo, y no era de extrañar, pues cruzados los cuarenta tenía en su haber una casa de ensueño, una empresa en pleno auge, cinco hijos y la mujer más bella de los alrededores, Marcela. La que a tantos vecinos había robado el sueño y no sólo el de la noche. Y es que Federico siempre supo cazar al vuelo la oportunidad. De esos hombres que huelen el momento, que habla sólo cuando ha de hablar, y calla y escucha a cual instante preciso. Un hombre sabio, ya lo creo. De ideas claras, propósitos firmes, y con una premisa lujosamente adquirida: “El que no arriesga, no gana”.  Sigue siendo mi ejemplo a seguir, mi ídolo entre los ídolos, mi fin, mi meta. Pues Federico ha sabido hacer de los placeres de la vida su realidad, sin perder un ápice de esa honestidad y humanidad que lo acompañan en todo cuanto hace. Querido por todos y odiado al mismo tiempo, en secreto. Qué orgulloso estoy de Federico, mi abuelo.
  Entro en la habitación y le doy la carta que me han encargado. Federico se está muriendo.

  –Pablo, a veces en la vida es necesario guardar silencio. Mi nieto querido, tu abuelo, al que tanto admiras, no sabe leer, aún menos escribir. ¿Serías tan amable de leerme la carta?

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