sábado, 24 de agosto de 2013

"Dime quién soy" de Julia Navarro


Tras cinco días de exhaustiva lectura hoy he terminado la novela que da título a esta entrada. Además de apuntar que es una buena obra el motivo de este post es para dar un consejo: si alguien quiere recordar que fue de La Primera Guerra Mundial hasta la Caída del Muro de Berlín, léanla. Una excitante manera de estudiar las peripecias contemporáneas que vivieron nuestros antepasados, más amena y crítica que la explicada en nuestros libros de escuela. Una novela histórica que consigue sumergirte en la piel de aquellos que lucharon fervientemente por sus ideales y a los cuales, de un modo u otro, les debemos parte de la "realidad que ahora tenemos". En una de sus páginas, casi llegando al final, hace un apunte que me ha gustado de manera especial: nombra al Rey de Esparta, Leónidas y cómo, según apunta, los occidentales debemos nuestro nombre a éste valiente hombre por la batalla que supo ganar. Pues de otro modo, puede que las mujeres de occidente vistiésemos de negro mirando a la Meca. Pero esto, dicho fuera de página, no suena tan romántico (hasta puede ser mal entendido). Así que os animo a leerla y repasar un poco de Nuestra Historia.
Un saludo a todo/as.

viernes, 16 de agosto de 2013

Microrrelatos


Tsunami


Me buscan, es la hora. No he abierto la boca, sin embargo, aquí estoy, embriagado hasta las orejas. ¿Me habéis preguntado primero? Negativo, lo creen improbable. Empezamos bien, sujeto a hipótesis que otros postulan. Y esa palabra, cómo es, libertad, descuidáis su significado. La busco en mi memoria genética, aquí, en el genoma. Entonces confirmo mis dudas: no existe; el inicio desmiente la realidad. Resignado, me presto a seguir lo empezado. No tengo otra salida, solo ésta, oscura, pequeña. Es curioso, a la que me decido, parece crecer. Quizá sea todo así, una vez convencido, dispuesto a abrirme camino, el miedo se torne juicio. Bien, ahí voy. Me compelen. Mi casa se desploma, llega el tsunami. De acuerdo, ya me callo; he de olvidar lo aprendido. Por decreto, mis células obedecen, implacables. ¡Qué retroceso! “Borrando información, tres, dos…” Pierdo la voz. Gritos, el túnel…

 Enhorabuena, es un niño precioso.


El tiempo, quizás, vale más que mis dudas

Corría el año 58 cuando me pregunté si podría hacerlo. Como buen filósofo que fui y soy, me quedé pensando, sopesando los pros y los contras. Mientras tanto, las farmacéuticas ponían a disposición del consumidor nuevos brebajes que prometían milagros, al tiempo que otras inventaban vacunas para enfermedades que más tarde afirmarían ser la cura. La tecnología avanzaba a pasos agigantados, lo nunca visto, la revolución. Mi viejo Chevrolet, antes la envidia de tantos, empezó a quedarse anticuado. Mi melena, aquella que decías adorar, iba emblanqueciendo; pero eso no es lo peor, lo peor es que a día de hoy apenas queda el vago recuerdo de lo que fue. Lo que sucede es, y es por eso que te escribo esta carta con mi puño y letra, a la antigua usanza (sí, amada mía, sigo siendo un romántico), que ya sé la repuesta a mi pregunta, y, por avatares de la vida, se responde con otra interrogación: ¿Quieres casarte conmigo?




El sí quiero


El tupido velo cayó sobre su rostro cegándola por completo, como siempre sucede ante una decisión de tal magnitud. Las orquídeas color marfil parecían mirarla de soslayo, cómplices del momento, como apiadándose de su alma. Fue entonces cuando el vestido blanco, sin vida, se ciñó cada vez más en su delicada figura, delatando así sus agitadas respiraciones. El silencio se hizo, la aglomeración de cuerpos allí presentes empezaron a mover sus cabezas de un lado a otro, inquietos, buscando miradas junto con los murmullos que reverberaban en el eco de la sala. Tras el nerviosismo generalizado, se giró, examinó uno a uno a todos los presentes, asió la mano del que tenía al lado, que era, junto con ella, el protagonista de la escena; de la rocambolesca escena. ¡Bendito teatro de títeres emperifollados! Y de nuevo, como antes, inflando sus pulmones con un suspiro todavía mayor que el anterior, por fin pronunció su conformidad: "Sí quiero". ¡Aleluya! Todos suspiraron bendecidos.
A las dos semanas, marido y mujer estaban de regreso a casa, dichosos, unidos... satisfechos por la decisión tomada. La operación había resultado ser un auténtico éxito.