viernes, 10 de mayo de 2013

Relatos

                              
                                                    
                                               Yo, el excelentísimo alcalde de Tordesillas


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                                                            El pomo de la puerta

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                                                               Tres segundos


¡Dos segundos!, las puertas se cierran, piso el último escalón; ¡mierda! Ni para coger el metro la suerte se pone de mi parte. Preferible pensar que todo sucede por algo, sin embargo, no soy de esos. Tres minutos, una espera ridículamente corta en comparación con otros momentos de nuestra vida. Pero así somos las personas, adaptados al medio solo cuando nos interesa; a suma de nuestra facilidad para aferrarnos al delirio de lo incoherentemente absurdo, o a aquello de quejarnos por vicio. Resulta curioso, con lo de moda que está pensar en positivo, algo que la mayoría afirma hacer. Pocos somos los que reconocemos: "Perdona, yo soy negativo, ¡y mucho!", lanzándonos al delirium tremens por cualquier sinrazón. En fin, que nos encanta enviar señales erróneas a todo el que se nos pone delante, y punto. Y luego dicen ser sinceros. Ajá, y yo premio Nobel en Medicina. Solo la viejecita de ochenta años, que suficiente orgullo atesora con descender las escaleras sin trastabillar, no resopla cuando lo observa escaparse. Y me refiero a cualquier día, no al fin de semana, pues en ese caso la bronca está algo más justificada, ya que pasan de ser tres a ser siete, ocho minutos a lo mucho. Tampoco es para tanto, *¡collons!, pero es lo que tiene ser humano, regocijarse en pequeñas lamentaciones que te recuerdan: “Tranquilo, las cosas siguen sin salirte bien. Todo anda con normalidad, no te preocupes”.
  Hecha la queja, en silencio, solo una mueca se atreve a delatarme, me dispongo a tomar asiento. Sí, lo sé, solo son tres minutos, pero si no llevo mis mejores pantalones, los que dejan al descubierto las maravillas de mi figura, prefiero sentarme. Entonces, yo, que soy un hombre de los que no cree en casualidades ni en caprichos del destino, me sigo recreando en “ni para coger el Metro tengo suerte”. Y, en una de esas secuencias, que quizá ordena mi cabeza a fin de hacer la espera más amena, sucede lo insólito. Como de la nada, apareces. Tu brillo me deslumbra, tu cuerpo recto, liso, sin cabida a la imperfección… Me provocas, ¿quién no sueña contigo a diario? Solteros o no, un hurto justificado. Siento que me miras, yo ya llevo rato haciéndolo; tengo vergüenza, no de mí, sino de toda existencia. Por más que lo nieguen, los que lo niegan, ante tal situación todos somos depravados sin moral ni conciencia. Lo lamento. Nervioso, vuelvo a escrutar el marcador. Ahora soy yo quien se siente observado. Cuarenta y tres segundos; cuarenta y dos, cuarenta y uno, treinta y nueve… Podría detenerse el tiempo y quedarnos solos, tú y yo, en esta estación de Barcelona. Necesito una excusa, fingir que se me cae algo, que me abrocho los zapatos… Yo, un tipo normal, aburrido; un tío simple, que de casa acude al trabajo y del trabajo a casa. Solitario, un tanto huraño, la verdad, algo antisocial... Y sin embargo, aquí estoy, pensando chorradas cómo: ¿y si improviso un espectáculo de mímica? ¡Eres idiota!, murmura Pepito Grillo. Veintiséis, veinticinco… Me cago en la. También puedo fingir un incipiente estado de locura, que me atenazan unas ganas incontrolables de retar a la gravedad; caerme a tu lado, con sutileza, un simple mareo…; con solo imaginarlo, huelo tu perfume. Seguro que su mano me detiene a tiempo, y el estrépito de su voz me frena; es arriesgado. ¡Pero estamos tan cerca! Cuatro, tres… Se levanta, ¡actúa ya! Deslizo mi brazo, estoy a un punto de tocarte, ¡te escapas!… Si no es ahora, que sea en el interior, no obstante, en el vagón nos separan más personas. Me doy por vencido, soy huraño, pero honesto.
  –Señor, se le va a caer la cartera.

  –¡Oh, muchas gracias joven! Por suerte queda gente como tú. 

(*) Collons: cojones en castellano. Se utiliza como improperio coloquial para denotar fastidio (ej.: mierda, joder...). 


                                                           Una misión en la Tierra


Soñé que podía caminar, era capaz de mantenerme erguido, en constante movimiento vertical, miraba hacia abajo, y el suelo estaba más cerca que nunca. No era exactamente como lo hubiese imaginado, pues mi adorado cielo se alumbraba lejos, casi imposible, inalcanzable... Qué diferente lo vivimos desde aquí; si ellos lo supieran, quizás habrían elegido nacer como yo. Avanzaba raudo, sin trazar un camino concreto, miraba a ambos lados y todo me parecía grande, ¡tan grande! Bueno, ciertamente algunas cosas no. A medida que me iba acercando, ciertos objetos parecían ser lo único existente en mi campo visual. Desde arriba, todo se ve tan distinto... Había bullicio, también silencios que parecían incómodos, acompañados con rostros serios, muy serios, olores que cambiaban según los metros avanzados. Las señoras que vestían abrigos más ostentosos y ciertos objetos resplandecientes en sus extremidades desprendían un aroma más fuerte que las demás. Igual pasaba con algunos señores, ataviados con trajes oscuros, objetos cuadrados que colgaban de una de sus manos, preferiblemente la derecha, a aquellos también los envolvía un aroma más agudo. Era extraño. El suelo en el que viven los de abajo está plagado de cosas, apenas se puede caminar. Personas que van y vienen, que lanzan papeles a la superficie, u objetos circulares, y los abandonan allí, para que otro los empuje con sus zapatos; no termino de entenderlo. Existen distintos niveles, dos escalones a ambos lados donde se alzan edificios, flanqueados por una tierra de color negro, sólida como el resto, dispuesta con rayas blancas a un extremo, por la cual circulan sus sofás con techo y ruedas. Se veía todo tan distinto.      Cuando empezaba a sentirme asfixiado y con ganas de regresar, el brazo de mi madre, que siempre me salva de las voluntades ajenas, me mecía para despertar.
 ¿Qué haces, Virgil?
 –He tenido un sueño, mamá. Al principio, me gustaba, pero luego quería despertar.
 –¿Y qué soñabas, hijo mío?
 –Estaba allá abajo, donde siempre dices que no debo ir. Quería caminar, como lo haces tú, es algo que deseo desde hace mucho tiempo, creo que desde antes de nacer, pero lo que he visto no era del todo agradable. Las personas se movían rápido, lanzaban objetos que luego otros pateaban... Pude sentir tristeza, abandono, también calidez, pero la gente parecía cansada, algunos enfadados. Ellos no se miran, apenas hablan, no están unidos, no logro entender. Da igual, mamá, tan sólo era un sueño, pero creo que ignoran la grandeza del Universo, de los colores, de nuestro cielo, de las almas que habitan nuestro mundo, las que saben que todos somos uno y hemos de amarnos, siendo lo verdaderamente importante y lo que nos mantiene vivos aun después de muertos.
  La madre contempló a su hijo, esbozando una cálida y tierna sonrisa. Pues aquel niño poseía un don divino que aumentaba con los años.
  –Te contaré un secreto, hijo. Soñar es fácil para ti, pues muchos de los que vivimos contigo no contamos con dicha capacidad. Con cierta edad, descodificar tu alma y todo cuanto has aprendido allí abajo se convierte en una hazaña muy compleja. Es cierto que, el mundo que has visitado hoy, no es tan malo como parece, pero acertaste al advertir que muchos de los que lo habitan, al igual que tú y yo lo hicimos hace ya algún tiempo la madre pensó para sí que quizá Dios no había sido tan injusto al permitir que su hijo partiera tan joven, pues ahora era un alma pura y noble que residía en el reino de los cielos–, viven dormidos, algo así como soñando, como hiciste tú hoy, hijo mío, pero muchas de las veces sus sueños son más bien pesadillas.
  –¿Pesadillas?, ¿qué es pesadillas, mamá?
  La madre suspiró, mientras buscaba una rápida respuesta.
  –Verás, hijo mío, cuando aquel doctor me dijo que tú, mi hijo querido, no podrías caminar, pensé que eso era una pesadilla, una mala noticia, un castigo del Señor. Luego te vi crecer, y eras un niño listo, alegre, lleno de amor... Aquello me devolvió la ilusión y cesó mi mal sueño, hasta que... volvió a suspirar hasta que decidiste marchar... aquí, donde estás ahora. Y dónde estás ahora, eso carece de importancia. Aquí todos volamos en paz. No hace falta caminar ni más aprisa ni más despacio, aquí sólo existe la Eternidad en Paz. Y ahora me alegro de que tu vida allí fuese corta, pues, cuando vives muchas pesadillas, pierdes dos de los mejores dones que poseemos: amar y sonreír. Te fuiste muy joven, mi querido niño, pero no tardé en recuperarte, y prefiero que entiendas lo de allí abajo con tus sueños que de otro modo. Cuando te toque regresar, pues todos lo hacemos, habrás aprendido mucho viviendo aquí primero.
  El niño miró a su madre con ojos curiosos y, a escasos segundos, sintió una gran satisfacción, había entendido lo que ella decía.
  –Entonces, mamá, intentaré soñar más veces. Bajaré y les enseñarles a vivir despiertos, para que cuando suban aquí puedan soñar como lo hago yo.
  –Que Así Sea, hijo mío.
  Aquel día, madre e hijo descansaron felices. Virgil tenía una nueva misión, ayudar en la tierra.    Entretanto, la madre esperaba con recelo reencontrarse con su esposo, pues sabía que más pronto que tarde se reuniría con ellos; y él, hombre de Fe, asimismo debía de saberlo.

                                                                  
Tú en mi camino

(Basado en un hecho real)

Hoy, amanecí con lluvia y con ganas de besarte. Hacía más de un mes que el cielo se resistía a llorar, algo extraño en tierras gallegas, mas no en los campos de Castilla dejados atrás. Cuando vi la playa... cuando vi la playa me asaltaron todos los recuerdos. Estaba cansada, a penas tres horas para llegar al Fin del Mundo. Había sido una etapa corta, treinta dos kilómetros, que, en comparación con los cuarenta y cincuenta de días anteriores, eran como salir, desayunar, ponerse a caminar, y sin darte cuenta llegar a tu destino. Pero mi cuerpo estaba exhausto, más que mi cuerpo, mi mente, diría yo. En Santiago había dejado a mis compañeros de peregrinación, sólo una chica alemana y algún otro, con los que apenas conversé, volvíamos a preparar las mochilas y calzarnos nuestras botas, a cada paso más maltrechas, para enfrentarnos al Camino pagano. Pagano, pues por lo visto la iglesia no reconoce ese trozo como tal. 
  Entonces crucé el pueblo de Cee. Ya me habían alertado que sería en éste donde la playa se dejaría ver. Yo, hija del Mediterráneo, y si más o menos acostumbrada a sentirla cerca, tras más de ochocientos kilómetros a mis espaldas, y veintiocho días de prados, más prados, montes, arboledas y maravillosas aldeas, al vislumbrar la playa creí llorar. Rendida ante esas tres horas de camino ya mencionadas, me detuve en el restaurante de un hotel. Ubicado en un acantilado, la terraza se unía con la arena blanca, casi salina, del Atlántico. Parecía, por la época del año, pues era finales de marzo, que no hubiera un alma en el interior. Sólo vi a una mujer aparecer por la puerta trasera que, muy probablemente, debía de ser la madre del propietario, sino la dueña. Miré el reloj del móvil, rozaban las cuatro del mediodía. Le pregunté si podía comer algo, a lo que me respondió algo extrañada: "Diríjase a la puerta de más abajo, a la derecha, y le pide a un chico que verá dentro". Cuando entré, caí en la cuenta, otra vez, que en Galicia el término chico suele emplearse tanto para uno de veinte como para uno de cincuentaytantos. Se asomó el hombre de mediana edad por detrás de la barra e hice mi pedido. 
  –¿Podría comer unas patatas fritas, con huevo y ensalada, por favor?
  Después de repetirme la comanda, yo aclararle que soy vegetariana y pedir una cerveza, me dispuse a tomar asiento en la terraza observando el mar. Fue entonces, en ese preciso instante, cuando mi mente voló. Llegaron uno a uno recuerdos con una nitidez desbordante. Demasiados días, demasiadas horas sumida en la naturaleza, sin más compañía que la de mis pensamientos y mis compañeros de peregrinación, para recibirte así, de golpe, cual torbellino que arrasa de repente robando la calma del lugar. Todos aquellos días de verano en la Costa catalana, aquellas noches de hotel, los días de playa, de coche, de música. El conjunto cobró nitidez tan rápido, que me dejé seducir por aquel sabor a mar, a sal, a vida, a amor... Pronuncié tu nombre, mas no en voz alta, y te quise cerca. Sin embargo, estabas lejos, muy lejos. Demasiado como para creer en sueños de película en los que, de pronto, aparece él, a fin de sorprender a la chica justo cuando ella recuerda los tiempos transcurridos a su lado y todos sus besos.
  Regresé en si. El camarero se acercaba con el plato despertándome en vela. Ya con la comida delante, y el hombre a mis espaldas, rebobiné, me aproximé a ti, y dudé si el tiempo de espera se había agotado. De nuevo tuve Fe, te hablaría, te escucharía y terminaría el viaje como antes de empezarlo, al lado de ti.
  Comí, tomé café, me deleité con la danza del océano, y ya recargada de la energía necesaria, volví al peso de la mochila y al terreno que marcaba la flecha amarilla. Rozaba el final, los últimos pasos se me hacían eternos. La impaciencia afloró, como siempre; ya me cansaba el paisaje, las botas, el aire... sólo quería llegar. Descubrir que se siente cuando por fin alcanzas la meta; en ese momento, recordé la importancia del trayecto. Quizás era el final, pero sólo de una etapa, y todo volvía a empezar, con nuevas lecciones, con una mochila cargada de experiencia. Y contigo a mi lado...
  -Allá voy, cabo de Fisterra. Y... espérame.

Dedicado a alguien muy especial para mí, motivo de inspiración, y a todos mis compañeros de peregrinación. Cuando recuerdo el Camino, la primera palabra que me viene a la mente es Magia; pues el Camino no es sino pura magia. Gracias a los que formasteis parte de él. Nunca, nunca, olvidaré esos días.


                                                                 El hombre del gas


Estaba tranquilamente tecleando en el ordenador, demasiado tranquila, cuando reverberó el zumbido del timbre. Un ruido, en mi caso, pocas veces bien recibido, pues si espero a alguien acostumbro a estar pendiente contando los minutos que me separan de mi amante, la soledad; refugio que me otorga, en especial, mi casa. De modo que, volviendo al hilo de la cuestión, y puesto que no esperaba a nadie, el fastidioso ruido me molestó no más que cualquier otro día. Y qué sorpresa la mía cuando la mirilla de la puerta dejó al descubierto a un apuesto caballero que no era ninguno de mis tediosos vecinos, quienes, si llaman, es para preguntarme por una carta que no les llega, o para saber cómo siguen las obras de la comunidad. Correcto, este año me ha tocado ser la presidenta. Bueno, más que tocar, ha sido debido a mi, en ocasiones, inoportuno sentido del deber, que me llevó a ofrecerme voluntaria cuando en la última junta anual solo acudimos el expresidente y yo. Pero a lo que íbamos, qué sorpresa cuando vi al susodicho, todavía sin nombre, engalanado con un traje no menos lujoso que el de un padrino de boda, portador de una carpeta bajo el hombro. He de reconocer que, de no haber sido por su acicalada presencia, hubiese devuelto la mirilla a su lugar, para acto seguido recular hasta la silla del ordenador en modo puntillas.
  –¿Sí?
  –Del gas, señorita.
  "¿Señorita?"
  –Un momento, por favor.
  Y en lo que de forma prudente no podía demorar más de dos minutos, me dirigí a toda prisa al aseo, me solté la coleta y me enfundé mis mejores jeans. No, no soy tan friki como para tener mis mejores jeans a mano por si aparece un apuesto hombre del gas, ni tampoco soy una promiscua desenfrenada (si es que se puede ser promiscua y estar frenada); el caso es que, tales jeans, son los mismos que uso casi a diario. Pues lo cierto es que me preocupo más bien poco de mi armario. Creo que experimento cierta fobia por las tiendas de moda, una fobia que calculo empezó a los veintipocos. Tanto es así que mi ropero se resume en dos pantalones, tres camisetas, tres jerséis y la chaqueta de turno. Sí, más o menos el recuento sería ése. Transcurrido el tiempo prudencial, abrí la puerta, no sin antes soltar un enorme suspiro insonoro para encubrir cualquier sospecha de que la menda lerenda se había permitido cambiarse y peinarse en un tiempo récord a fin de recibir a su príncipe sin nombre ni color.
  –Buenas tardes, soy de la compañía del gas.
  –Perdón por la espera, tenía la leche en el fuego.
 “¡Cielos! Cientos de excusas, ¡cientos!
  –No se preocupe. Venía a hacerle una oferta de nuestra compañía. Si fuese tan amable de enseñarme su última factura de gas, le calculo el ahorro que le supondría cambiarse con nosotros.
  “¿Y si le hago pasar? ¿Siempre puedo decirle que acabo de mudarme y que no sabía que…”
  –Gracias por su oferta, pero no tengo gas, es todo eléctrico –dije finalmente, rendida ante cualquier frase todavía más absurda que la anterior.
  Llegados a este punto, he de aclarar que soy un chica bastante tímida, sino algo distante, que no me dejo eclipsar por el primero que llama a mi puerta ofreciéndome una oferta para cambiar de compañía de gas, ni que se deja alagar por el típico listo de barra con el pretexto de un cigarro o lo que sea que me ofrece para invitarme a una copa. Casi rozando la estupidez, a veces, cuando un tipo intenta acercarse más de la cuenta, le mando a freír espárragos en menos que canta un gallo. Pero sucede que este hombre del gas tenía algo que… Más allá de su físico, que os aseguro era en exceso atractivo para sorprenderme a las dos de la tarde mientras terminaba un relato para el periódico en el que trabajo, con coletilla de "urgente". Y que solo le faltaba la de "recuerda que tu puesto cuenta con posibles vacantes".
  Me licencié en Filología Hispánica hace seis años, a la edad de veintiséis. Tuve la suerte de que un compañero de clase con el que terminé haciendo muy buenas migas, sobre todo después de que me confesara sus inclinaciones sexuales, me colocó en una radio local donde leía relatos que gustaba de escribir en horas muertas. Y cuando se estudia y trabaja al mismo tiempo, os aseguro que son pocas. En la radio podríamos decir que coseché cierto éxito, recibía llamadas de otros noctámbulos como yo, con el fin de compartir sus andanzas que decían les recordaba al relato en cuestión; otros, de carácter más romántico, me daban las gracias porque según afirmaban “nadie lo habría definido mejor, parece escrito para mí. Gracias, Laura”.
  Me llamo Laura, disculpadme por no haberme presentado antes. Resido en Barcelona y, como creo que imaginaréis, y de no haberlo hecho me ofende, no tengo novio. ¡Je! Es curioso, nunca imaginé que el hecho de que alguien imaginara que tengo novio pudiese resultar ofensivo. Vivo sola, pero por voluntad propia, no soy ninguna amargada cascarrabias precipitándose a la edad de oro. Y tengo dos gatas. ¡Vaya! esta última aclaración creo que no ayuda.
  ¡El del gas!
  –Su cara me suena, juraría haberle visto antes –"Mierda". Esto es la consecuencia de que tu mente vaya a mil por hora, y poseer la capacidad de abstraerme como si el mundo no existiera más allá de mis narices. Otra frase que pasará a la eternidad: "Su cara me suena".
  Y así fue como conocí a mi pareja, Iván. Sí, Iván y yo vivimos felizmente descasados, con mis dos gatas, en mi modesto ático, y con mis adorables vecinos pululando los interiores del inmueble cuando se aburren. Pero por poco tiempo, pues estamos mirando una casita cerca del Maresme. El Maresme es una costa de Barcelona que da nombre a una serie de pueblecitos con un encanto especial. Yo sigo trabajando en el periódico, y él, desde hace un año, en una constructora. Iván es arquitecto, pero más allá de ser arquitecto es de esos hombres a los que no se les caen los anillos, cualidad que admiro de él cual quinceañera fanática. Cuando perdió su acomodado trabajo por recortes de personal, pasó a ser camarero, operador de limpieza y, bendito sea el puesto, comercial del Gas. Y resulta que yo tenía razón: Iván y yo nos conocíamos. Entretanto yo cruzaba pasillos de la Facultad dudando de si asistir o no a clase de Latín, Iván se apuraba a fin de no llegar más de diez minutos tarde al aula de Económicas. Recuerdo alguna mirada furtiva entre ambos, como el que no quiere la cosa, mientras nos esforzábamos en mantener la compostura en nuestras respectivas carreras a clase. Lejos de evitar el tener que pedir los apuntes luego, en su caso, lo que lo impulsaba a actuar cual atleta de élite era que sus alumnos no le bautizaran como el catedrático más impuntual de todo el campus.

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